Voy a contarte, hija mía, cómo sucedió todo esta segunda vez. Va a hacer casi un mes...
Tú ya intuías que ese no era un día normal. Empezando por que te despertaste mucho antes de lo habitual, a las 7 de la mañana. Siguiendo por que aunque quisiste brazos, como siempre, no me pediste teta, como si supieras -aún sin que te lo hubiésemos explicado- que debías guardar ayuno. Tampoco me pediste tus guisantes congelados, que ya vienen siendo sagrados.
Camino a la clínica ibas tan contenta recitando los diálogos de algún capítulo de Little Einsteins, probablemente El tesoro del pirata, que últimamente has visto tantas y tantas veces. Cómo me gusta escucharte...
Ya en la clínica te quité toda tu ropa para ponerte calzas y gorrito verde, y una bata azul. Incluso así estás guapísima. Mamá también se disfrazó, ¿te acuerdas? Igual que tú, pero mi bata era verde. En ese momento comenzaste a ponerte muy nerviosa. Puedo imaginar qué cosas pasaban por tu cabeza: ¿qué pasa aquí? ¿por qué nos ponemos esta ropa tan ridícula? ¡Quiero irme a casa!
A pesar de haberte intentado explicar durante los días de atrás lo que iba a suceder, creo que no lo debimos de hacer bien porque de todas formas te pilló de sopetón. No sabes cómo lo siento...
Nos pasaron a la salita de transición, última etapa antes del quirófano. ¿Recuerdas que había una tele grande? En ella estuvimos viendo un poquito de dibujos, hasta que llegó Emilio, tu anestesista, un cielo de persona... Con él fuimos las dos hasta la mesa de quirófano, tu ya llorabas desconsoladamente. La enfermera quiso cogerte para sentarte sobre la mesa, pero el propio Emilio se lo impidió, él quería que tú te durmieras lo más tranquila posible para darte un despertar lo más sereno que se pudiera. Y para eso tenía que ser yo quien te acompañase hasta el último instante de tu consciencia.
Pero no fui capaz de tranquilizarte para que te durmieses plácidamente. Mientras Emilio sostenía la máscara con la anestesia contra tu boca y tu nariz, tú me mirabas de reojo, sumida en lágrimas, suplicando el fin de esa tortura indolora en el aspecto físico pero que sé que te habrá marcado profundamente. Era necesario, créeme. Sólo puedo decirte que estuve acariciándote, susurrándote mi amor incondicional, prometiéndote que todo acabaría pronto... mientras veía cómo tus ojos se cerraban lentamente, cómo querías pasar de estar sentada a tumbarte en la mesa, mientras tu cuerpo se relajaba despacito. Espero que te dieras cuenta de que estuve allí, pegada a ti, hasta el último segundo, deseando que existiera otra forma de hacer las cosas.
Volví a la sala de transición, donde me esperaba papá, y no pude evitar llorar.
Tardaron lo previsto, 3 horas. Un tiempo que se me hizo mucho más largo de lo que ya me esperaba, un tiempo en el que recibí en el móvil infinitos mensajes de apoyo, hasta testimonios mudos en forma de fotos de velas encendidas por ti, ¿no es maravilloso? ¡Hay tantas personas en el mundo que se preocupan por ti! Incluso gente que no conozco en persona, te parecerá cuanto menos extraño pero es así. La gente es buena, estoy convencida.
Cuando por fin salieron a avisarme de que me volviera a vestir de verde porque estabas a punto de despertar y querían -¡gracias!- que lo hicieras en mis brazos, casi se me sale el corazón del pecho.
Yo ya oía muy a lo lejos los gemidos débiles de un gatito, y sabía que eras tú. No sé ni cómo me vestí bien, pero te puedo de decir que papá estaba igual de nervioso que yo, o incluso más, ¡porque se puso la bata al revés! Estilo chaqueta.
Veinte segundos después, que a mí me parecieron horas, Emilio en persona te depositó en mis brazos. De la misma forma como hizo Amparo, la matrona, treinta meses atrás. Eras otra vez como un bebé, ni siquiera eras capaz de sujetar la cabeza.
Te costó despertar alrededor de una hora. Seguramente no notabas ningún dolor en tu boca de fresa, ya sana, pero te molestaba sobremanera esa sensación de adormecimiento que todos los que hemos pasado por el sillón de un dentista conocemos.
Te estirabas los labios, te quejabas, "¿qué sucede aquí? ¿qué le pasa a mi boca, por qué no la siento?"
Conseguimos que bebieras algo de agua y enseguida nos firmaron el alta, via libre para llevarte a casa. Sólo hacía hora y media.
Pero era lo que tú querías, lo que tú necesitabas. Porque nada más entrar por la puerta corriste al sofá e inmediatamente comenzó tu rutina escaladora. Sube al sofá, salta en el sofá, sube a una silla, de allí a la mesa... mi niña, mi ardillita, estaba de vuelta.
Nunca dejaste de tener una boca preciosa, pero ahora cuando sonríes tienes una luz especial en la cara.
Vamos a aprovecharla y a cuidarla con esmero, todo salió bien pero sinceramente... no quiero que vuelvas a pasar por esto.
Te quiero tanto...
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