21 julio 2011

¡Corre, Forest, corre!

Que mi Cachorra es una niña inquieta no es una apreciación personal, es un hecho. El único momento del día durante el que permanece inmóvil sucede por la noche o en la siesta, mientras duerme. Y porque no puede correr y dormir simultáneamente, porque si esto fuera posible seguro que lo haría.

El resto del día siempre se la verá corriendo, o en su defecto, trepando. Este comportamiento es relativamente reciente, pues hasta hace sólo unos meses era una niña extremadamente precavida en sus movimientos, hasta el punto de preocuparme. De repente ha sido como una explosión, le ha salido el Correcaminos que lleva dentro y no puede parar.
Pienso en ella y la imagen que me viene a la cabeza es viéndola correr, con sus coletas de Rosi de Fraggle Rock meneándose al ritmo de su trotar.

En las dos semanas que llevamos de vacaciones en la playa he intentado hacerle fotos absolutamente todos y cada uno de los días. ¿Cuántas habré tirado? Ni lo sé ya. ¿Cuántas valen para algo? Ninguna, cero pelotero, ¡conjunto vacío! En todas las demás hay una imagen borrosa, desenfocada, en movimiento perpetuo. Porque eso de posar, ¿qué es? ¿Hay que estar quieta? Entonces no le interesa.
Ahora bien, los castillos hinchables, las camas elásticas... son su hábitat preferido, y porque no se le permite hacer bungee jumping, que si no...

Pues vale, no tendré fotos decentes de este verano, pase. Ella es feliz, pues yo también. Pero tenemos un problema: corre más rápido que yo.
Empieza por dar vueltas alrededor de donde estemos. En círculos. Cada vez mayores. Y de repente, se da una carrerita, hasta no muy lejos. Entonces vuelve, para acto seguido volverse a marchar, un poquito más lejos esta vez. De nuevo vuelve, y otra carrera hasta alejarse un poco más que antes. Una vez más regresa y entonces... entonces echa a correr, a correr, a correr, sin mirar atrás. Ni una vez, ya no mira atrás jamás. Sé que es indicativo de que está segura de sí misma, pero en lugares abarrotados de gente como pueda ser esta playa me parece peligrosísimo.
A mí se me está quedando un tipito muy mono de ir detrás de ella cuando veo que es la carrerita definitiva, la verdad. He probado a seguirla a una distancia prudencial, por ver más que nada hasta dónde sería capaz de llegar, y la respuesta es: hasta donde se acaba la playa. Y es bastante distancia, lo puedo asegurar. Yo creo que si la playa no se acabara, aún seguiría siguiéndola por todo el litoral español.

Cuando logro interceptarla me agacho a su altura y le explico que mamá se asusta si se aleja tanto, si no puede verla. ¿Qué hace ella? Salir corriendo. Vuelta a empezar.

A pesar de todo seguiré cargando con el cubo, la pala, el rastrillo, la regadera, los moldes para hacer flanes y demás mandangas. Igual cualquier día me pide que hagamos un castillo. Así, tranquilitamente.

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