27 julio 2011

¿A quién le importa?

Aún recuerdo cuando pocas semanas antes de dar a luz, quizás dos o tres, fui a comprar un sujetador de lactancia más. Fui a una tienda de ropa interior de barrio, y sólo les quedaba un modelo en mi talla. La antilujuria personificada en un sujetador, señores. Decir que era feo es poco, era horrible. De todas formas me lo compré, pues era barato y, como le dije a la dependienta: "total, sólo lo voy a necesitar unas cuantas semanas". Porque sí, yo me había informado sobre la lactancia, pero ahora sé que no lo suficiente, porque no se me pasó jamás por la imaginación que esas semanas se convertirían en meses, y los meses en años.

Desde el principio fue todo muy natural. Tuve la suerte de que todo salió bien a la primera. Mi cachorra se enganchó perfectamente a la teta, y salvo una minúscula grieta que se curó en un sólo día, no hubo ninguna incidencia. La niña ganaba peso muy bien, no tuvo los temidos cólicos del lactante, todo fue estupendamente. Nadie, ni familia, ni amigos, ni vecinas, ni desconocidos, me dijo nunca lo que tenía que hacer o dejar de hacer... simplemente seguí mi instinto. Y ha sido ese instinto junto con, ahora si, toda la información que ha ido cayendo en mis manos, la que ha hecho que 32 meses después mi cachorra siga tomando teta, toda la que ha querido y la que todavía le apetezca.

Podría enumerar aquí decenas de testimonios de otras madres que han sentido la presión exterior por amamantar a sus hijos. Unas porque por diversos motivos, respetables, decidieron no amamantarlos y han sido criticadas por ello. Otras que como yo decidieron proporcionar lactancia materna a sus bebés, han recibido consejos generalmente bienintencionados pero en su mayor parte no solicitados, acerca del número de tomas que el bebé debía hacer, la frecuencia, la posición...
Consejos y críticas que a todas ellas les han llegado de todas partes. De la vecina del quinto, del charcutero, de la suegra, del pediatra, de la prima del pueblo, de su cuñado el que tiene una amiga que no tiene hijos pero es neurocirujana veterinaria...
Pues a mí jamás nadie me ha dicho nada. Bueno, sí, pero siempre, siempre, han sido palabras de halago, o no pero yo me he sentido halagada al escucharlas.
Con los 32 meses que tiene ahora mi cachorra debería ser relativamente frecuente que me dirigieran comentarios del estilo de "¿Aún le das el pecho?" o peor, que se los dijeran a la niña: "¿Tan mayor y todavía con la teta?"
Pues nada, que no hay forma de que me lo digan. Y tengo ganas de soltarle la arenga a alguien, la verdad.

No será porque no doy ocasiones, y es que ahora en verano con el bikini y los escotes, me pide teta muy a menudo y yo no se la niego.
Ayer en la playa estábamos en el tema cuando noté que dos abuelitas se disponían a recoger sus bártulos para marcharse y una de ellas nos miraba muy fijamente. Inmediatamente pensé que había llegado el momento que tantas mamás han contado, que nos iba a hacer LA PREGUNTA, y mi mente pensó la respuesta a toda velocidad. Cuál no sería mi sorpresa al acercarse a nosotras la buena mujer, e ignorando por completo el hecho de visualizar a una niña de dos años y medio enganchada a una teta, me ofreció las hamacas que habían estado usando ellas, ya que habían pagado todo el día y era una lástima que no se fuese a aprovechar!!! Me dejó descolocadísima.

Y hoy, hoy se me han acercado dos mamás mientras tetábamos. La primera me ha confesado sentir cierta envidia (supongo que sana) al vernos porque le dio el pecho a su hijo hasta los dos años y lo echa de menos. La segunda mamá diez minutos después, cuando ya la cachorra se había quedado dormida en la teta, alabando el efecto sedante y tranquilizador que produce mamar.

Entonces yo me pregunto, ¿es que tengo una habilidad especial para ahuyentar a los que alguna vez se han sentido tentados de criticarme o aconsejarme? Prefiero pensar que las cosas están cambiando, que no es suerte, que en general estamos más concienciados sobre los beneficios de la lactancia materna prolongada, y no es que me guste el término "prolongada" porque para mi conlleva una connotación sobre la anti-naturalidad de la lactancia materna en niños de digamos, más de un año de edad, pero bueno.

Aún así no bajo la guardia. Quién sabe cuándo y dónde puedo encontrarme a quien quiera insinuar que lo que hacemos ya no está bien. ¡Y quiero avisar de que hace 32 meses que tengo preparada mi respuesta!

24 julio 2011

Ponte contenta

Estás en plena etapa de rabietas, y aunque parecía que iban a menos... pues eso, que sólo lo parecía, porque estos días han reaparecido y en todo su esplendor, además.
Yo sé que te reconforta que te abrace, que te explique por qué en ese momento no puedes tener lo que deseas, pero aún así no puedes dejar de llorar, no puedes evitar tirarte al suelo ni patalear. A veces incluso se te suelta la mano y esta choca contra mi cara o contra mi brazo.
Si te digo cuánto me duele que me hagas eso te entristeces aún más, y lo sé porque te abrazas a mi cuello, tus manitas entrelazadas en mi nuca se sueldan como si de hierro fuesen, y lloras aún más fuerte sobre mi hombro.

Y yo te pido que no llores, hija. Te digo "Ponte contenta". E inmediatamente me miras a los ojos, tu carita roja e hinchada, tus mejillas invadidas de lágrimas, e intentas sonreír. Unos segundos después estás infinitamente más tranquila, todavía te sobreviene algún hipido pero casi de forma anecdótica.

Quizás no sea la forma más adecuada, hija, y me tendrás que perdonar por ello, pero es la manera que sé de ayudarte a superar tus rabietas. Las dos lo pasamos mal, pero esta etapa pasará, te lo prometo. Mientras tanto, ponte contenta, por favor.

21 julio 2011

¡Corre, Forest, corre!

Que mi Cachorra es una niña inquieta no es una apreciación personal, es un hecho. El único momento del día durante el que permanece inmóvil sucede por la noche o en la siesta, mientras duerme. Y porque no puede correr y dormir simultáneamente, porque si esto fuera posible seguro que lo haría.

El resto del día siempre se la verá corriendo, o en su defecto, trepando. Este comportamiento es relativamente reciente, pues hasta hace sólo unos meses era una niña extremadamente precavida en sus movimientos, hasta el punto de preocuparme. De repente ha sido como una explosión, le ha salido el Correcaminos que lleva dentro y no puede parar.
Pienso en ella y la imagen que me viene a la cabeza es viéndola correr, con sus coletas de Rosi de Fraggle Rock meneándose al ritmo de su trotar.

En las dos semanas que llevamos de vacaciones en la playa he intentado hacerle fotos absolutamente todos y cada uno de los días. ¿Cuántas habré tirado? Ni lo sé ya. ¿Cuántas valen para algo? Ninguna, cero pelotero, ¡conjunto vacío! En todas las demás hay una imagen borrosa, desenfocada, en movimiento perpetuo. Porque eso de posar, ¿qué es? ¿Hay que estar quieta? Entonces no le interesa.
Ahora bien, los castillos hinchables, las camas elásticas... son su hábitat preferido, y porque no se le permite hacer bungee jumping, que si no...

Pues vale, no tendré fotos decentes de este verano, pase. Ella es feliz, pues yo también. Pero tenemos un problema: corre más rápido que yo.
Empieza por dar vueltas alrededor de donde estemos. En círculos. Cada vez mayores. Y de repente, se da una carrerita, hasta no muy lejos. Entonces vuelve, para acto seguido volverse a marchar, un poquito más lejos esta vez. De nuevo vuelve, y otra carrera hasta alejarse un poco más que antes. Una vez más regresa y entonces... entonces echa a correr, a correr, a correr, sin mirar atrás. Ni una vez, ya no mira atrás jamás. Sé que es indicativo de que está segura de sí misma, pero en lugares abarrotados de gente como pueda ser esta playa me parece peligrosísimo.
A mí se me está quedando un tipito muy mono de ir detrás de ella cuando veo que es la carrerita definitiva, la verdad. He probado a seguirla a una distancia prudencial, por ver más que nada hasta dónde sería capaz de llegar, y la respuesta es: hasta donde se acaba la playa. Y es bastante distancia, lo puedo asegurar. Yo creo que si la playa no se acabara, aún seguiría siguiéndola por todo el litoral español.

Cuando logro interceptarla me agacho a su altura y le explico que mamá se asusta si se aleja tanto, si no puede verla. ¿Qué hace ella? Salir corriendo. Vuelta a empezar.

A pesar de todo seguiré cargando con el cubo, la pala, el rastrillo, la regadera, los moldes para hacer flanes y demás mandangas. Igual cualquier día me pide que hagamos un castillo. Así, tranquilitamente.

06 julio 2011

Dos veces

Dos veces, sí, porque por dos ocasiones me has sido entregada en brazos. La primera dos segundos después de asomarte al mundo. La segunda dos años y medio después, despertando de nuevo a la realidad de la vida.

Voy a contarte, hija mía, cómo sucedió todo esta segunda vez. Va a hacer casi un mes...
Tú ya intuías que ese no era un día normal. Empezando por que te despertaste mucho antes de lo habitual, a las 7 de la mañana. Siguiendo por que aunque quisiste brazos, como siempre, no me pediste teta, como si supieras -aún sin que te lo hubiésemos explicado- que debías guardar ayuno. Tampoco me pediste tus guisantes congelados, que ya vienen siendo sagrados. 

Camino a la clínica ibas tan contenta recitando los diálogos de algún capítulo de Little Einsteins, probablemente El tesoro del pirata, que últimamente has visto tantas y tantas veces. Cómo me gusta escucharte...
Ya en la clínica te quité toda tu ropa para ponerte calzas y gorrito verde, y una bata azul. Incluso así estás guapísima. Mamá también se disfrazó, ¿te acuerdas? Igual que tú, pero mi bata era verde. En ese momento comenzaste a ponerte muy nerviosa. Puedo imaginar qué cosas pasaban por tu cabeza: ¿qué pasa aquí? ¿por qué nos ponemos esta ropa tan ridícula? ¡Quiero irme a casa! 
A pesar de haberte intentado explicar durante los días de atrás lo que iba a suceder, creo que no lo debimos de hacer bien porque de todas formas te pilló de sopetón. No sabes cómo lo siento... 

Nos pasaron a la salita de transición, última etapa antes del quirófano. ¿Recuerdas que había una tele grande? En ella estuvimos viendo un poquito de dibujos, hasta que llegó Emilio, tu anestesista, un cielo de persona... Con él fuimos las dos hasta la mesa de quirófano, tu ya llorabas desconsoladamente. La enfermera quiso cogerte para sentarte sobre la mesa, pero el propio Emilio se lo impidió, él quería que tú te durmieras lo más tranquila posible para darte un despertar lo más sereno que se pudiera. Y para eso tenía que ser yo quien te acompañase hasta el último instante de tu consciencia. 

Pero no fui capaz de tranquilizarte para que te durmieses plácidamente. Mientras Emilio sostenía la máscara con la anestesia contra tu boca y tu nariz, tú me mirabas de reojo, sumida en lágrimas, suplicando el fin de esa tortura indolora en el aspecto físico pero que sé que te habrá marcado profundamente. Era necesario, créeme. Sólo puedo decirte que estuve acariciándote, susurrándote mi amor incondicional, prometiéndote que todo acabaría pronto... mientras veía cómo tus ojos se cerraban lentamente, cómo querías pasar de estar sentada a tumbarte en la mesa, mientras tu cuerpo se relajaba despacito. Espero que te dieras cuenta de que estuve allí, pegada a ti, hasta el último segundo, deseando que existiera otra forma de hacer las cosas. 
Volví a la sala de transición, donde me esperaba papá, y no pude evitar llorar. 

Tardaron lo previsto, 3 horas. Un tiempo que se me hizo mucho más largo de lo que ya me esperaba, un tiempo en el que recibí en el móvil infinitos mensajes de apoyo, hasta testimonios mudos en forma de fotos de velas encendidas por ti, ¿no es maravilloso? ¡Hay tantas personas en el mundo que se preocupan por ti! Incluso gente que no conozco en persona, te parecerá cuanto menos extraño pero es así. La gente es buena, estoy convencida. 

Cuando por fin salieron a avisarme de que me volviera a vestir de verde porque estabas a punto de despertar y querían -¡gracias!- que lo hicieras en mis brazos, casi se me sale el corazón del pecho. 
Yo ya oía muy a lo lejos los gemidos débiles de un gatito, y sabía que eras tú. No sé ni cómo me vestí bien, pero te puedo de decir que papá estaba igual de nervioso que yo, o incluso más, ¡porque se puso la bata al revés! Estilo chaqueta. 

Veinte segundos después, que a mí me parecieron horas, Emilio en persona te depositó en mis brazos. De la misma forma como hizo Amparo, la matrona, treinta meses atrás. Eras otra vez como un bebé, ni siquiera eras capaz de sujetar la cabeza. 

Te costó despertar alrededor de una hora. Seguramente no notabas ningún dolor en tu boca de fresa, ya sana, pero te molestaba sobremanera esa sensación de adormecimiento que todos los que hemos pasado por el sillón de un dentista conocemos.
Te estirabas los labios, te quejabas, "¿qué sucede aquí? ¿qué le pasa a mi boca, por qué no la siento?"
Conseguimos que bebieras algo de agua y enseguida nos firmaron el alta, via libre para llevarte a casa. Sólo hacía hora y media.

Pero era lo que tú querías, lo que tú necesitabas. Porque nada más entrar por la puerta corriste al sofá e inmediatamente comenzó tu rutina escaladora. Sube al sofá, salta en el sofá, sube a una silla, de allí a la mesa... mi niña, mi ardillita, estaba de vuelta.

Nunca dejaste de tener una boca preciosa, pero ahora cuando sonríes tienes una luz especial en la cara. 
Vamos a aprovecharla y a cuidarla con esmero, todo salió bien pero sinceramente... no quiero que vuelvas a pasar por esto.

Te quiero tanto...